Mi primera foto en Berlín en el 2004
Me gusta la historia. Tanto, que apenas visito un país extranjero, lo primero que hago es conocer sus lugares históricos. Esos rincones que guardan secretos que aún no son develados y sólo sus paredes conocen la verdad. Donde ocurrieron momentos cruciales que cambiaron el rumbo de un país o aun recuerdan un hecho que lo hace inolvidable para bien o para mal.
Alemania está saturada de historia, sobre todo Berlín, en la cual se gestaron guerras, tratados de paz, acuerdos políticos equivocados y hasta grandes conciertos callejeros.
Cuando la visité en el 2004, no sólo quedé impresionado con su arquitectura, con el busto de Nefertiti y la Puerta de Brandeburgo, sino también con su pasado nazi.
El fantasma de Hitler aun persigue a las nuevas generaciones de alemanes, los cuales bajan la cabeza por pena o, para evitar un enfrentamiento, cada vez que se toca el tema de la Segunda Guerra Mundial.
La palabra más ofensiva que le puedes decir a un germano es “nazi”.
Mentáles la madre, llámalos maricos, diles hijos de puta, seguro les ofenderá, pero no hay nada que más les duela que les recuerden ese pasado negro que vivieron sus abuelos y bisabuelos, y que les ha tocado cargar con ese peso y ese estigma a pesar de que ya han pasado varias generaciones. Durante mi paseo por Berlín lo pude comprobar, ya que cada vez que recorrí museos o espacios históricos relacionados con el nazismo, los visitantes guardaban un silencio sepulcral, nadie decía nada, era como un silencio pactado para no recordar esa mancha negra que todavía aparece en los libros de historia de Alemania.
Entrada de un campo de concentración el cual muestra la macabra frase "El trabajo te hace libre"
Tuve la oportunidad de conocer un campo de concentración. Honestamente, no es nada agradable caminar por un lugar donde murieron injustamente personas por el simple hecho de tener una religión, sexualidad o color de piel diferente. Aún esas habitaciones huelen a chamuscado, a encierro, a tristeza, a depresión, a viejo. Es un verdadero suplicio ver fotografías gigantes de personas torturadas, de los experimentos que se hacían con los seres humanos, de bebés que fueron quemados vivos en hornos, de caras asustadas porque no conocían su destino, pero estaban seguros que nada bueno o agradable les sucedería poco después de haberles tomado esas fotos.
Creo en energías y me tocó salir más de una vez del lugar, porque percibía en el ambiente mucha depresión, soledad, desesperación. Es curioso ver la reacción de la gente cuando visitan este tipo de lugares. Por ejemplo, una señora que estaba cerca de mi lloraba en silencio, se tapaba la boca para que sus lamentos no se escucharan, pero el “moqueo” de su nariz y las lágrimas le mojaban la blusa, la delataban quiera o no. Otro señor, por su parte, se reía, no sé si era por nervios o porque le parecía gracioso lo que veía. En mi caso, me dio tristeza descubrir los horrores de la guerra, me daba rabia a ratos la injusticia con la que aniquilaron a inocentes y todavía me cuesta entender cómo pudo ocurrir un hecho así en pleno siglo XX y en sociedades “supuestamente” civilizadas.
Le pregunté a una de las guías cuál era la intención de asquear e impresionar a los visitantes que recorrían el campo de concentración, así como de remover un capítulo muy desagradable de la historia germana y me dijo muy seria: “crear conciencia (...) no queremos que estos hechos se repitan y la única manera de que las nuevas generaciones sean más pacifistas y tolerantes con los demás, es “abofetéandolos” con las situaciones negativas que creó el Tercer Reich años atrás y que todavía nos afecta”. ¡Y tenía razón! Porque los índices de casos de racismo en dicho país son muy bajos y se crearon leyes las cuales protegen a los extranjeros en casos de rechazo social y obligan a quienes los atropellan a pagar multas con altas sumas de dinero.
En el monumento a los judíos en Berlín, debajo de este monumento que emula lápidas en honor a las víctima del Holocausto, se encuentra un museo
Durante mis años en Alemania, pude conocer de primera mano, historias de personas que vivieron la Segunda Guerra Mundial. La abuelita de un amigo que vive en el sur del país, me contó que su familia era rumana y viendo cómo los nazis atacaban a los judíos y extranjeros, sus padres decidieron devolverse a pie a Rumania, ya que si agarraban un tren o un autobús, seguro serían atrapados y deportados a un campo de concentración.
Ella es la menor de tres hermanos y me dijo que mientras caminaban por los bosques, vieron y escucharon de todo, ya que los nazis saqueaban, violaban y abusaban a su antojo.
Cuando se les acabó la comida, les tocó robar o pedir así sea un pedazo de pan de las casas que se encontraban en el camino, ya que las frutas y vegetales de los campos no se podían comer porque fueron envendados por el Tercer Reich, el gobierno germano sabía que muchos de los inmigrantes se estaban escapando por los caminos verdes y la manera más fácil de aniquilarlos era envenenándolos, hicieron lo mismo con el agua de los ríos y lagos.
Les tocaba dormir entre matorrales y su hermano mayor y su papá se turnaban la vigilancia nocturna, para así evitar ser descubiertos. Sus padres les decían que apenas aparecieran nazis, se dispersaran, que se olvidaran que era una familia, que corrieran por sus vidas.
Un día, su papá se fue a buscar comida y rato después llegó corriendo al lugar, gritándoles que huyeran, que los nazis lo descubrieron y todos escaparon hacia los matorrales. Ella y su mamá se subieron a un árbol y vieron como mataron a patadas a su padre, que vomitaba sangre, y no pararon de golpearlo hasta que el pobre hombre no reaccionó más, ni emitió sonido alguno. Su mamá lloraba y le tapaba la boca a la niña para que sus gritos de nervios y llanto no fueran escuchados por los militares. A su hermano le pasó lo mismo, los nazis lo descubrieron, lo obligaron a correr para practicar puntería con él mientras el muchacho intentaba esquivar los disparos para salvar su vida.
Estuvieron por meses internadas en los bosques y caminaban de madrugada y en la oscuridad para no ser descubiertas. Llegaron a comer grama, tomar agua sucia y comer de la basura para no morir de hambre. Sufrieron muchas veces de fiebre, dolores estomacales y vomitadera.
Un día, unos campesinos alemanes que venían en sentido opuesto a ellos, les dijeron que se fueran a Berlín, que ya la guerra había terminado y se desviaron a la capital germana. Cuando llegaron, se encontraron con una ciudad completamente destruida por la guerra e invadida por los rusos, franceses, ingleses y norteamericanos.
Lo que se suponía que iba a ser la solución para liberar a Alemania de las garras de Hitler, resultó ser otro problema, ya que los militares invasores también saquearon, mataron y abusaron de su poder.
Esta señora me contó con lágrimas en los ojos que apenas entraron a Berlín, un lote de militares rusos de avalanzaron sobre su mamá y hermana de trece años, las violaron, y fueron tantos a las vez, que las mataron luego de gritar por ayuda hasta quedarse difónicas. Mientras ultrajaban a su mamá, la señora le gritaba en rumano que corriera por su vida y ella llorando, corrió y corrió sin rumbo fijo, muy asustada y, a su vez, débil porque tenía días sin comer y se sentía muy enferma.
Se escondió entre los escombros de una construcción destruida por las bombas y allí se quedó dormida. Un bombardeo la despertó sobresaltada y volvió a correr. Se encontró con los cuerpos de su mamá y hermana tirados en la calle, completamente desnudas y con largas rayas de sangre que salían de sus respectivos sexos.
Rodó varios días, se escondía de los militares, porque para ella, cualquier uniformado representaba un peligro.
Un día se encontró entre los escombros una lata, estaba cerrada y no tenía etiqueta. Tomó una piedra y la golpeó hasta que le hizo un huequito, y comenzó a succionar con todas sus fuerzas. Por fortuna, era mermelada de fresa y, debido al hambre, se la comió toda, hecho que le produjo dolores estomacales y mareo. De repente, todo se le nubló y cayó desmayada. Cuando abrió los ojos, estaba en un hospital y de allí la pasaron a un orfanato, donde terminó de crecer y educarse.
Me dijo que se casó con un alemán con quien fue muy feliz. Que a pesar de los sucedido, no resiente nada contra los germanos. Pero que siente un odio profundo por los rusos, por lo que le hicieron a su mamá y hermana.
Es tanto el trauma de esta señora, que no puede ver películas relacionadas con encuentros bélicos, no consume mermelada de fresas porque cree que le producirá un desmayo y la pérdida de la conciencia. Aun le teme a los soldados y los juegos pirotécnicos explosivos le producen ataques de nervios porque le recuerdan a los bombardeos que vivió de niña.
Cuando terminó de contarme su historia, me tomó de la mano y me llevó hasta la cocina. Allí había un gran closet lleno de latas de todo tipo, porque según ella, “si estalla otra guerra, ya estoy preparada y tengo comida para sobrevivir varios meses”.
Sus nietos me cuentan que es una mujer muy dura, que cuando uno de ellos se queja por una tontería o a ella se le acaban las medicinas, la abuela les dice: “sobreviví a una guerra, así que esta situación no es nada”.
Los edificios que aparecen de fondo en la foto, sustituyeron los bunkers y oficinas de los nazis en Berlín
La Segunda Guerra Mundial marcó de tal manera a los alemanes, que hubo palabras que fueron eliminadas del diccionario, ya que eran utilizadas por los nazis. Lo mismo sucedió con ciertas oraciones que son innombrables y hasta vetadas por la ley en caso de su utilización pública, como por ejemplo “El trabajo te hace fuerte” (Arbeit macht Frei), que está escrita en todas las puertas de los campos de concentración o “La solución final”, que era sinónimo de mandar a las personas a las cámaras de gas.
Una vez quise tirármela de simpático cuando laboraba en una revista en Hamburgo, ya que una compañera me dijo que estaba muy cansada porque había escrito todo el día sin descanso alguno y le dije sonriendo: “El trabajo te hace libre”, dicha frase bastó para que toda la oficina se tornara silenciosa y cientos de ojos se posaron sobre mí, con miradas matadoras. Entonces ella me dijo muy seria: “esas palabras no son broma en Alemania, seguro lo desconoces porque eres extranjero, pero esa oración aquí no se dice nunca y menos en broma”.
¡Trágame tierra! Desde entonces medía mis palabras ante los germanos...
Postal de militar nazi con un bebé que conseguí en una librería de segunda mano en la capital germana
En una de las visitas a Berlín, entré en una librería de segunda mano y revisando unas cajas con postales antiguas, me encontré una foto de un militar de la SS cargando a un bebé. Me pareció un material histórico interesante y cuando la fui a cancelar, el vendedor se puso muy tenso, me preguntó de dónde había sacado esa imagen, le señalé la caja de donde la saqué e igual no me la quería dar, ni vender y después que le supliqué varias veces, cedió hecho un manojo de nervios pero me pidió que no dijera que la había comprado en su tienda. Recuerdo que me la envolvió como en tres páginas, las selló con cinta adhesiva y me la dió en una gran bolsa de papel, sin ningún tipo de inscripción.
Parecía que me estaba vendiendo droga o algún material prohibido y perseguido por la ley.
Otro día almorcé en un comedor popular ubicado en pleno centro de la capital alemana y me llamó la atención lo gigante de la sala. Resulta que había sido el aeropuerto privado de Hitler y, a diferencia de las otras edificaciones de los nazis, esta no fue destruida, ni modificada.
Me dio tanta curiosidad, que buscando el cuarto de baño “supuestamente” me perdí y así pude ver otras habitaciones que, para mi decepción estaban vacías. Sólo tenían grandes ventanas y techos altos.
Mi exploración se acabó cuando una de las empleadas me vió rodando por los salones y me dijo: “señor, si busca los urinarios, los dejó como 5 habitaciones atrás”. Pero como mi curiosidad no quedó saciada, aproveché para preguntarle sobre el pasado hitleriano del lugar y volvió el silencio, ese silencio alemán que parece que quiere borrar el pasado, que les da pena o les molesta que les toquen el tema.
Tomó un respiro y mirándome fijo con sus ojos verdes, muy verdes, me dijo con tono frío: “si necesita papel toilette, me avisa”...
José Luis Mata
Junio 2012
Joseluismatasanchez@gmail.com - @Mata_JoseLuis
Comedor que anteriormete había sido el aeropuerto privado de Hitler
Ticket del metro de Berlín, de mi primer viaje...
Imagen del campo de concentración de Dachau, hoy convertido en un museo
Documental sobre los campos de concentración en Alemania
Testimonio de una sobreviviente del Holocausto








Material muy interesado, bien logrado, en lenguaje que cualquiera puede entender pero sin caer en lo aburrido. Digno de ser publicado y traducido a varios idiomas!
ResponderEliminarExcelente, relato.muy interesante.
ResponderEliminarMuy enriquecedor. Lástima que los Rusos no tomaran la misma conciencia e hicieran un museo para condenar sus atrocidades en Croacia Lituania Rumanía y luego formar la Unión Soviética e implantar el comunismo.por eso regaron su semilla en Latinoamerica por nuestra ignorancia
ResponderEliminarNos cuentan lo que les conviene en la historia se le proteje al sucio comunismo.
En la guerra de la triple alianza, hicimos contra los paraguayos ATROCIDADES, que al final Hitler es una Teresita de Calcuta, que importa ya, hay mucha hipocresia, los rusos y americanos fueronquizas peores que El defenestrado asesino Austriaco, asi que mi opinion es, pobre Hitler, que pena para alemanialo sucedido.
ResponderEliminarExcelente, maravilloso y doloroso relato, muy bien contado, tanto que hasta lloré. Gracias
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